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La intervención en la arquitectura de Malba se sintetiza en modificar su luz.
Tres sistemas lumínicos operan sobre el espacio: la luz natural, la luz institucional, y la luz que se propone: 82 m de tubos fluorescentes enfundados con 404.772 cuentas de acrílico hilvanadas a través de un sistema tejido rescatado de las manualidades de la década del 70.
Estas mallas geométricas quedan sometidas a una estructura rítmica que articulan los silenciosos acordes de una sinfonía cromática, dan cuerpo a una línea que brota y se desplaza caprichosamente como pentagramas en fuga entramando los 9 actos de un concierto lumínico. Entre acto y acto, intervalos de silencios.
Cada composición respira en un ritmo dado por un doble juego de interrupciones: el primero es predecible continuo y estable (150, 120, 59 y 44 cm.) y es el marcado por la distancia básica de los tubos en su condición industrial y un segundo ritmo superpuesto (azaroso, discontinuo, indeterminado), que se impone mediante cambios de color. Un compás por momentos estable y tranquilo, por momentos neurótico y alterado.
Esta instalación lumínica, si bien se ordena desde la estupidez primaria de los mecanismos básicos de composición y color, se acciona incorrectamente sobre la correcta arquitectura, contamina con desobediencia los espacios de circulación: pasillos, columnas, balcones, muros y matiza con una feliz alegría al espacio, como si estuviese danzando una comparsa de Gualeguaychu en el Malba, invadiendo todo con luz latina.


2002-2003. Buenos Aires. Argentina.


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